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El poder de los juegos está infravalorado. Todo el mundo que se ha permitido jugar  en su infancia ha comenzado a descubrir la vida con los juegos. Barack Obama, José Luis de Guindos, el pescadero de la plaza de abastos y el trabajador uniformado de El Corte Inglés. El juego es sincero. Uno puede plantarse delante de una plaza, de un parque o de un bloque de edificios y saber si los niños son tontos, si no tienen imaginación, si son bondadosos o por el contrario son dañinos y crueles, sólo observando cómo juegan. Y sobre todo a qué juegan. Desde siempre los juegos han sido la opción manifiesta y privilegiada de los niños, el rincón de la felicidad ingenua, condescendiente y estúpida para los adultos, la alternativa que calzar después de una merienda a las seis de la tarde, la desgana de las lentejas a medio acabar, del televisor de plasma con la imagen congelada y berreos de fondo. El juego está reservado a los pobres diablos que se pierden en su mundo hasta que asuman las responsabilidades del mundo real, porque eso inevitablemente ocurrirá. O no. Hasta hace unas décadas a los niños les era inconcebible no salir a la calle al menos tres veces a la semana para jugar. Pero esta era la generación blanda, la de las estampitas de futbol en la plaza, los que no tenían información de ningún tipo, los sexualmente distraídos, anestesiados de chándales de neón y licra. Los beodos, para el mundo de hoy. Pero beodos todavía contaminados por una costura inconsciente de absurdo catolicismo civil y anacrónico que tan buenas migas ha hecho siempre con España. Después llegó la información; información sobre cómo pasarse una pantalla del Mario Bros en el escalón de tu casa, de qué manera comprar un paquete de colores desde Japón que lleva un libro de ilustraciones de Assasins Creed con la firma de autenticidad de todo el equipo de Ubisoft, la información pornográfica y sexual que ya no era exclusiva de los quioscos, la interconexión y las consolas. Internet. Y los niños comenzaron a ver que se podían hacer muchas más cosas aparte de jugar en la calle. Más rápido, más divertido y más caro.

Esa evolución y adaptación del juego quizás sea la respuesta a las tres niñas de no más de siete años que están en la calle, delante mío. Parecía que de lejos jugaban; pero al acercarme, veo que han dispuesto tres cajas de cartón en el suelo. Encima hay lo que parecen baratijas de colorines como collares, sarcillos y diademas. Las niñas hablan entre ellas, pero con una actitud distante y atenta, como si esperaran algo de mí, de todo el que pasara. Sus ojos son ágiles, van de los míos a las baratijas marrulleras y de nuevo a los míos: las niñas están vendiendo la mercancía y me consta. También me consta que no están en la indigencia, ni necesitan el dinero para vivir. Solo venden. Venden para divertirse, según dicen. Es divertido poder vender, excitante. No sabes cuánto vas a poder ganar y después de recoger los frutos, en qué te lo vas a gastar. Solo es un juego con el que pueden sacar dinero y en el que quizá puedan embaucar a algún adulto para que juegue por una vez en igualdad de condiciones: tal vez consigan cambiar la asumida muesca de burla a la inocencia por un gesto lo más parecido a una aceptación sana de la diversión. Y se metan en el juego de una puñetera vez.

Y pensé: “ahora cuando todos estamos con el agua al cuello, pendientes de la Prima de Riesgo, pagando una subida del IVA del 3%, con Andalucía a las puertas de ser rescatada (y un montón de etcéteras que me llevo por el camino), las niñas pueblerinas de siete años están recaudando dinero. Por si acaso”. Al verlas ordenando escrupulosamente los collares púrpura con un palo, me vino a la mente una frase de Kennet Branagh: “Los adultos siempre me parecieron niños con dinero”. Nunca me la creí. Pero hasta ahora lo que me fascinaba de la cita no era que los adultos fueran más o menos responsables o caprichosos con dinero (que también), sino la libertad de indiferencia natural e innegable, paréntesis en el tiempo y espacio de todos los niños con respecto a la dureza de la vida marcada por el dinero, el interés, el comercio; cuando ellos no sabían para qué servía la Bolsa y el Ibex 35, pero podían fijar el precio de la tarde en cuatro paquetes de pelotazos y un Bollycao. Cuando la inocencia o la ausencia de ella no estaba supeditada al gesto determinante de alzar el brazo y extender unos pocos euros para pagar delante de una sonrisa desdentada de mercader certero, o de alimaña embaucadora.

                                                                         Jesús Albarrán Ligero

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